
La Tere vieja ha muerto. Santiago duerme otra madrugada cualquiera de Virgen de Fátima.Las calles están desiertas y proyecto en ellas mi parálisis. No sé cómo mis pies alcanzan las escaleras eternas del tren subterráneo. La vieja Tere ha muerto.
- Mi mamá descansa, mi mamá descansa.
- Llora. Llora.
- Perdona que llame a esta hora-
Qué dices, gracias por llamar... llora. Por Dios. Gracias a Dios. Llora.
-La vieja Tere ha muerto.
Ya descansa. Fue tan ancha su agonía. Y pedimos tanto a Díos que se la llevara.- Dios mío, Señor mío, qué te pedimos cuando reivindicamos la muerte para los nuestros.“La Tere vieja ha muerto”. Qué significa este anuncio. Qué significa.En la espera de memoria y gratitud suena una milonga quejumbrosa de la Mercedes Sosa y el túnel obscuro del andén se despliega, largo, detrás y frente a mí. Sólo la milonga y el recuerdo. El recuerdo y la milonga. Estoy desorientada.- Cuánto tardará el vagón que me llevará a tu último beso, Viejita.
La vieja Tere ha muerto. Suena el teléfono en mi mochila. No quiero saberlo otra vez. No responderé. Lo olvido. Las puertas se abren. Los rostros de los obreros se ven duplicados, indiscernibles, en la misma cantinela trabajosa del pan de cada día. Ellos no saben lo que siento. Yo no sé de su cansancio. Apenas una huella en sus rostros. Apenas un indicio en el mío. La Tere vieja ha muerto y éstos no lo saben.- Cómo nos volvemos tan anónimos, Dios mío. Cómo nos volvemos ninguno. Cómo nos volvemos nadie. Ellos no saben de ella. No sabrán nunca de ella.Es tan difícil recordar la estación en la que hay que bajar. Es tan largo el trayecto, tan absurdo. Tan desierto.La vieja Tere ha muerto y las estaciones callan su nombre y su voz. Se agolpan en mi retina su rosario perseverante, su canción desafinada, su coscorrón inofensivo. Su regalo inaudito -aquel yoyó gigante que sólo yo tuve porque ella lo encontró quién sabe dónde. Y esas pastillas de anís que mitigaron el dolor después de la inyección . Reía cuando me acariciaba el pelo y me decía que yo era la hija de Arturo Prat.
Su risa. Dios. Su risa. Las estaciones, los obreros, la llovizna allá afuera, no escuchan su risa. Su risa que lo inundaba todo. Que lo protegía todo. Pienso en la Javi, en Pancho, en mi otra Tere velando a su vieja. Pienso en la Márgara y la Blanca viajando desde lejos. Tantos y tan pocos que la amamos porque ella nos amó primero. Quiero llegar hasta ellos. Necesito reconocer en sus rostros a mi vieja dormida. Entre ellos su risa es más fuerte. Entre ellos esta pena se reconocerá exiliada de cualquier anonimato.
Porque era nuestra. Porque fuimos de ella.
Te beso, mi Viejita. Te beso con el beso agradecido de quien te debe una infancia de asombro y contención. Te despido. No hay palabra. No hay consuelo. Sólo gratitud. Y esta pena que espera tu reencuentro.- Dios mío, Dios nuestro. Ella es tuya. Siempre lo fue. Permite que podamos aquietar la pena para dar paso a la esperanza de volverla a encontrar en ti.
La Tere vieja ha muerto. Tú lo sabes, Señor. Sólo tú sabes lo que esto significa para nosotros, sólo tú, Señor de la Misericordia, sólo tú, que la quieres viva junto a nosotros.
Valentina
Viernes 13 de mayo de 2005